Salud

El lavado de manos de Semmelweis aportación mundial a la medicina, salva millones de vidas

El lavado de manos de Semmelweis aportación mundial a la medicina, salva millones de vidas
El lavamanos que usó Semmelweis previo al examen de sus pacientes.

Esta es una historia pocas veces
contada.

En la actualidad, la higiene de las
manos es el factor individual más importante para el control de las infecciones,
un ejemplo es la recomendación para evitar la trasmisión del coronavirus.

Aún en nuestros días, el lavado de
manos es realizado sólo un tercio a la mitad de lo frecuente que debería ser
hecho. Es difícil entender que un hecho tan rutinario en la práctica de la
medicina, como lavarse las manos previo a examinar a un paciente, haya causado
tanta controversia e incluso, oprobio a la persona que lo planteó como
una medida básica para la atención de un enfermo.

Ese fue el caso de Ignaz Semmelweis quién no sólo descubrió que esta simple medida salvaba vidas, sino que por primera vez aplicó la comprobación estadística a sus hallazgos.

Dibujo ambientado en la época, de una sala de partos del Hospital de Viena representando a Semmelweis enseñando a sus alumnos.

Ignaz Philipp Semmelweis, fue un obstetra húngaro que
a mediados del siglo XIX, precediendo los hallazgos de Pasteur y Lister, logró
descubrir la naturaleza infecciosa de la fiebre puerperal, logrando controlar
su aparición con una simple medida de antisepsia, el lavado de manos. Debió
luchar con la reticencia de sus colegas que no aceptaron sus observaciones que,
por primera vez en la historia, fueron apoyadas con datos estadísticos. Un
trascendente científico que tuvo unas extrañas circunstancias que rodearon su
extraña muerte, apoyada en información infrecuentemente divulgada.

La sepsis ocasiona en el mundo 1.400
muertes cada día

Muchos de estos pacientes adquieren
la infección estando hospitalizados y constituye la complicación
intra-hospitalaria más frecuente. La infección nosocomial de pacientes por las
manos contaminadas del personal de salud, es una de las formas de diseminación
de los agentes infecciosos.

Semmelweis nació el 1 de julio de
1818 en Taban
,
(orilla derecha del río Danubio, capital de Hungría). Fue el quinto de siete
hermanos e hijo de comerciantes. Hungría era entonces parte del imperio
austríaco, cuya capital era Viena. Sus estudios médicos los realizó
inicialmente en Hungría y luego en Viena, graduándose como médico obstetra en
agosto de 1844. En Viena logró amistad con destacados médicos como el
anátomo-patólogo Karl von Rokitansky, Josef Skoda y Ferdinand von Hebra.
Rokitansky es uno de los fundadores de la anatomía patológica, Skoda de los
métodos de auscultación y percusión pulmonar y Hebra es considerado padre de la
dermatología.

A los 28 años de edad fue nombrado asistente de la primera clínica ginecológica de Viena. La práctica obstétrica de Semmelweis se inició en el Allgemeines KrankenHans, el gran hospital general de Viena. La clínica vienesa recibía estudiantes de varias partes de Europa, pero la fiebre puerperal hacía estragos. Semmelweis, muy conmovido por lo que observaba, empezó a recopilar información, a cuantificar datos y reflexionar sobre lo que estudiaba.

Comenzó a apreciar diferencias en las frecuencias de
presentación de la enfermedad entre las dos salas de maternidad existentes y
concluyó, luego de grandes esfuerzos y búsquedas, con la elaboración de un
nuevo concepto: existía una “materia cadavérica” que era
transportada por las manos de los médicos y estudiantes que tenían a su cargo
la atención de las madres en trabajo de parto en la Clínica y generaba en ellas
la fatal enfermedad. Propuso el uso de soluciones con cloro para el lavado de
manos de los médicos, antes y después de atender y examinar a sus pacientes. Esta
medida se inició a mediados de mayo de 1847
. Minuciosamente anotó durante
temporadas el comportamiento de las muertes y descubrió que, con la medida del
lavado de manos, éstas disminuyeron extraordinariamente. Consultó los archivos
y registros del hospital de maternidad de Viena desde su apertura en 1784 hasta
1848. Elaboró tablas con los datos de partos, defunciones, y tasas de
mortalidad para esos años. Registró enormes diferencias en las tasas de
mortalidad, por ejemplo, del 12,11% n 1842 contra el 1,28% en 1848. Verificó el
efecto fatal de la atención obstétrica por parte de los estudiantes de
medicina, en comparación con las tasas menores entre las pacientes asignadas a
las matronas en la Clínica, quienes no tenían contacto con los estudios
anatómicos en cadáveres.

Diferentes razones eran dadas para explicar aquella diferencia: la angustia que causaba el sonido de la campanilla del acólito que precedía al sacerdote, cuando éste se dirigía allá para administrar los sacramentos a las moribundas; la vergüenza que sentían las mujeres ante los estudiantes, y la mala ventilación. Semmelweis sabía que esas razones estaban erradas, pero no así cuál era la naturaleza de la fiebre puerperal.

El lavado de manos en nuestros días.

El hecho decisivo fue la muerte de su amigo Kolletschka,
profesor de medicina legal: al hacer una autopsia un discípulo lo hirió en un
dedo. Murió con los mismos síntomas que los de la fiebre puerperal, y los
hallazgos de su necropsia fueron, en todo, similar a lo hallado en las madres y
sus hijos víctimas de la fiebre puerperal.

Semmelweis defendió con vigor su descubrimiento y la
salud de sus pacientes, Hay que terminar con la matanza, escribió. Concluye
“Una vez que se identificó la causa de la mayor mortalidad de la primera
clínica como las partículas de cadáveres adheridas a las manos de los
examinadores, fue fácil explicar el motivo por el cual las mujeres que dieron a
la luz en la calle tenían una tasa notablemente más baja de mortalidad que las
que dieron a luz en la clínica”.

Postuló que estas partículas
cadavéricas entraban por el torrente sanguíneo de la persona afectada y que
podía afectar no sólo a puérperas sino a las embarazadas y a sus propios hijos
recién nacidos
. Semmelweis indujo la enfermedad en animales como conejos, pero decidió
no utilizar el microscopio para observar los tejidos afectados, ya que lo
consideró irrelevante.

Sus observaciones no tuvieron eco, él
mismo fue amenazado
. No era posible que se culpara a los propios médicos de estas muertes,
era un insulto para la imagen de los médicos. Incluso su propio jefe de
Obstetricia, el Profesor Klein, estuvo en contra de él y prohibió esta
medida sanitaria
, relevando del cargo a Semmelweis en 1849 y dejando a
Braun, quien creía que todo era problema de mala ventilación: con lo que la
tasa de mortalidad aumentó nuevamente.

Lleno de amargura dejó la clínica,
asumió la cátedra de Obstetricia Teórica y Práctica en la Universidad de Pest
en Hungría, logrando aplicar su método y reduciendo notoriamente la tasa de
mortalidad.

Existían ya antecedentes de que medidas preventivas
reducían la fiebre puerperal, así el obstetra escocés Alexander Gordon de
Aberdeen
, (Escocia), reconoció el carácter epidémico de la condición y
recomendó el lavado riguroso de médicos y enfermeras, quemar la ropa de las
personas afectadas y fumigación de la ropa de atención de los profesionales. El
Dr. Robert Collins, jefe del Hospital Rotunda de Dublin, Irlanda,
durante 1829 combatió exitosamente la enfermedad con una exhaustiva limpieza
con preparados de cloro en las salas de atención. Las sábanas y ropa se lavaron
al seco a temperaturas de 120 a 180 °C. Oliver Wendell Holmes, médico y escritor
norteamericano publicó en 1843 un artículo llamado “La contagiosidad de
la fiebre puerperal”
. Holmes advertía del riesgo de transmisión de
miasmas por los propios médicos que habían hecho disecciones y luego atendían
partos, validando las medidas preventivas tomadas por Collins en Dublín. Fue
rechazado por sus colegas obstetras norteamericanos y sus observaciones no
fueron consideradas en su propio país.

A partir de 1860, el ánimo de Semmelweis decayó,
sufrió importantes episodios depresivos, arranques de irritabilidad y cambios
conductuales como la decisión de atender a sus pacientes en Budapest sólo en la
noche. Esta sintomatología fue atribuida al estrés y a la incomprensión sufrida
por parte de sus pares.

Biógrafos como Frank Slaughter en
1950, plantearon que las experiencias trágicas que le tocó vivir a Semmelweis
“destruyeron su mente” y lo hicieron
“un mártir de la estupidez
del mundo”,
los largos años de controversia, la amarga frustración
sufrida, el recuerdo de las pacientes que vio morir, primero por no poder
descubrir porqué morían y luego porque sus colegas no podían entender los
simples principios que él propuso para evitar las muertes; todas estas cosas
fueron cargas demasiado grandes que pueden haber destruido la salud de
cualquiera.

Su tendencia natural a la tristeza aumentó, hubo días
que prácticamente no hablaba a sus colegas, haciendo clases en un lenguaje
monótono e incomprensible a sus alumnos interrumpido por arengas que hacía a
ratos sin mayor sentido’.

Sus amigos observaron un progresivo deterioro intelectual, psicosis con rasgos paranoideos y decidieron internarlo en un sanatorio en Viena, a cargo del psiquiatra Riedel en julio de 1865. En el sanatorio se descubrió que Semmelweis presentaba una herida en unos de sus dedos, atribuyéndose a alguna cirugía, pero parece más cierto que se haya provocado en las medidas de contención que necesitó. La herida se gangrenó, se desarrollaron múltiples abscesos y Semmelweis murió el 13 de agosto de 1865 a los 47 años de edad.

Retrato de Semmelweis a los 39 años en 1857 en su época de obstetra en Viena.

Biógrafos más recientes como Nuland, plantean una
visión distinta de los hechos, en el sentido que, Semmelweis, por su especial
carácter, haya inducido el rechazo que sufrió. Esto habría sido por su actitud
arrogante, descalificadora con los colegas y la demora en publicar en 14 años
sus estudios, lo que habría motivado las reticencias en aceptar sus
observaciones. Nuland plantea que haya sufrido una enfermedad de Alzheimer como
explicación de su demencia, y que muriera a consecuencia de los golpes
recibidos para tratar de controlarlo en el sanatorio en que se encontraba
internado.

Esto, sin embargo, no se apoya en los hallazgos de la
necropsia realizada y que fueron revelados recién en 1947. Estos hallazgos
describen múltiples focos sépticos renales, óseos y pulmonares derivados de la
lesión gangrenosa del dedo medio derecho, lo que es compatible con lo que ya se
conocía
.

Su única obra en que resume su experiencia se publicó
en 1861: Etiología,
concepto y profilaxis de la fiebre puerperal
.

Pasteur reconoció el mérito de Semmelweis en 1879, en
una reunión de la Academia de Ciencias de París, en que se discutió sobre la
fiebre puerperal. Mientras un expositor hablaba de posibles causas de este cuadro,
Pasteur lo interrumpió diciendo: “nada de eso explica la fiebre
puerperal: es la enfermera y el médico que llevan los microbios de una persona
infectada a otra sana”
. En ese año Pasteur identificó al estreptococo
como el agente causal.

Semmelweis es un extraordinario
ejemplo de observación metódica, raciocinio y reflexión, es el resultado de uno
de los más auténticos casos de compromiso personal con la vocación de médico

Lo que hoy nos parece tan evidente u obvio, representó
en su momento un cambio de visión asimilado por pocos. Tuvo que avanzar en
medio de incomprensiones y de dificultades.

La importancia del aporte de
Semmelweis a la obstetricia y medicina en general no ha sido aún superado
siquiera por los avances de las nuevas tecnologías genéticas de los últimos
años del siglo XX. La historia ha valorado a este médico húngaro de modo justo
después de su muerte. Su vida fue la de un hombre que luchó con entereza y sin
vacilación por sus ideales y convicciones.

Fuente:
Revista Chilena de Infectología 2008. Marcelo Miranda y Luz Navarrete
/Fundacion Parkinson y Alzheimer (MMC)

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